Motia Khan

 

Hace mil que esperábamos el taller de hoy. Me acuerdo del momento en que meses atrás, desde Japón, chateaba con Agostina Di Stefano y me habló de ese lugar y esos chicos. Motia Khan es una especie de edificio de 4 pisos donde vive un montón de gente. Mucha. Gente que tiene entre poco y nada. Ahí, con el esfuerzo de Agos & Cia se está armando una guardería y una escuela. Los chicos a veces van, otras sólo pasan un rato y después se van a pedir limosna, muchos dejan de ir porque empiezan a aspirar pegamento… las chicas se embarazan muy chiquitas… y un montón de cosas que se repiten en tantos lados.

Jugamos un rato y nos pusimos a pintar. Y cuando no… terminaron pintándose a ellos mismos.

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Hay buena onda

En Nepal no hay gas, no hay agua caliente, hay luz de vez en cuando, casi no hay alumbrado, menos que menos recolección de basura, ni veredas ni…
Pero gente copada que nos sonríe a cada paso, eso hay para tirar al techo.
Una vez más, como en los 17 países anteriores, nos tratan genial.

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Construir otro mundo

Ellas 3 laburan. Por suerte a la mañana van a la escuela, pero se pasan la tarde vendiéndole souvenirs a los turistas que visitan los templos de Angkor Wat. Aprendieron a hablar un poquito en un montón de idiomas y así tener más chances de hacerse unos mangos. Insistían en que les compráramos algo y nosotros insistíamos en que sólo queríamos dibujar y jugar con ellas. Por un ratito fue una lucha sin cuartel, pero después se dieron por vencidas… La pasamos bomba y al otro día volvimos especialmente para jugar otra vez y despedirnos. Se acordaban perfectamente de nuestros nombres y de la canción que le habíamos enseñado. Nos pareció muy genial. Nos sorprendió y nos encantó saber que no daba lo mismo. Que aún dentro de lo efímero de nuestro paso, alguito había quedado.
Ellas seguirán laburando obvio, pero aunque sea por unas entre todos, construimos otro mundo.

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Despedida

Era tardísimo. Agarramos las mochilas, y entramos al comedor para despedirnos de los chicos. Fue muy emocionante y movilizador para mí. Hasta ahora no había convivido con los chicos a los que les damos talleres. Con los chicos del orfanato estuvimos tres días seguidos. Almorzando, cenando, saludándonos a la mañana, a la noche, jugando en el patio, intentando charlar de alguna manera, aunque no nos entendiéramos ni una sola palabra. Y ahora nos despedíamos de ellos sabiendo que lo más probable es que no vayamos a vernos más. Nos acompañaron de las manos hasta el auto que nos llevó hasta la estación de micros. Y nos sonreían sin parar. Todo el tiempo nos miraban y nos sonreían todo lo que podían. Llené de besos a todas las nenas. Un poco se incomodaban al principio. Acá no se dan besos para saludarse.

Pero yo quería besarlas. Y ellas al final se dejaron y antes de subirme al auto algunas volvieron a darme un beso y una abrazo. Desde arriba del auto cantamos una última vez con ellos “Palo palo palo, palo palito palo eh!” y nos fuimos. Lloramos todo el viaje hasta la estación. Yo no paraba de pensar en las caras de los chicos. Cuánto tiempo tarda en borrarse una cara de nuestro recuerdo? Cuánto tiempo pasa desde que vemos a alguien por última vez hasta que se nos olvida su cara? Se va borrando de a poco o un día nos damos cuenta que ya no podemos retener más el recuerdo y se va?

Esperando el micro que nos llevaba a Bagan, descubrimos que la luna acá se ve distinta que en Argentina. Se ve como una U. No como una C como la vemos nosotros. Dijimos que íbamos a googlear sobre este temita de la posición de la luna, pero al final nunca lo hicimos.

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UNO DE ESOS DÍAS QUE PARECEN DE PELÍCULA…

En varios países de Asia es muy común que los varones, desde muy chiquitos, entren a un monasterio budista. Algunos pasan ahí toda su vida, otros sólo algunos años. En los últimos meses nos cruzamos con un montón, caminando por la calle, en los templos, donde sea. Es muy particular el vínculo con ellos, ya que por un lado ponen distancia y por otro… no dejan de ser chicos. Bueno, el otro día, por un buen rato, volvieron a ser chicos.
Fotos: Sofia Nicolini LLosa – Audiovisua l

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BIRMANIA

Esa escuelita rural, perdida en las montañas de un pueblo de Birmania, era un poco de cuento. Todavía me cuesta asimilar el contraste entre la precariedad infinita con la que viven esos chicos y la desbordante alegría que vivimos ahí. No coincido con esa idea romántica que dice que se es más feliz cuanto menos se tiene. Tampoco pienso que sea lo contrario. Pero no jodamos, esos chicos no tienen agua potable (y casi que no potable tampoco), ni el más mínimo sistema de salud. Comen lo que pueden. Pero bueno, esa era mi mirada desde afuera… estos pibitos, como sea, tenían una sonrisa infinita. Me fui conmovido, sin entender demasiado, pero feliz de haberlos conocido.

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ESTE ENCUENTRO ES MAGIA

Estuvimos viviendo tres días en un orfanato en la pequeñísima ciudad de Kalaw, Myanmar.
Una de las tardes, después darles un taller a los chicos del orfanato, las chicas nos preguntaron si queríamos verlas bailar sus canciones con sus trajes típicos. Dijimos que sí, obvio. Entonces se fueron corriendo a sus habitaciones y tardaron un montón en volver. Las esperamos tomando mate sentados en las hamacas. Un rato después, aparecieron las nenas todas vestidas en trajes de varias capas de terciopelo negro, trapos de colores anudados en las cabezas y mucho maquillaje en la cara. Pero no tanaka, si no maquillaje normal. No estaban pintarrajeadas, estaban hermosamente maquilladas. Sutiles, preciosas. Ellas son chiquitas pero hacen todo solas y a la vez juntas entre ellas. No puedo llegar a imaginar el vínculo que se puede generar entre chicos que están todo el tiempo juntos desde que se despiertan hasta que se duermen, cada día de la semana, a toda hora, y sin padres en el medio. Solo ellos para todo. Cocinando, poniendo la mesa, lavando los platos, ordenando, limpiando, yendo a la escuela, estudiando, jugando. Haciendo todo y juntos.
Así vestidas hermosas nos bailaron cuatro o cinco canciones. Como no anduvo el equipo de música del orfanato, entonces también cantaban. Y bailaban sobre la música de su propio canto. Una de ellas tenía una de las voces más lindas que escuché en mi vida.

Y cantaba sin vergüenza, sin trabas, cantaba largando toda la voz para fuera. Cuando terminaron nos pidieron que nosotros bailáramos canciones de nuestro país. Como ninguno de nosotros cuatro sabe bailar tango ni folklore (qué desastres) llevamos la compu y pusimos a Gilda. Entonces, bailamos cuatro o cinco canciones de Gilda. Y así terminó nuestra performance argentina. Los chicos nos miraban fijo y con la misma seriedad con la que nosotros admirábamos sus bailes. Nosotros jugábamos a bailar y uno a veces se siente medio un improvisado bailando cumbia cuando nos piden que mostremos un baile argentino. Pero cuando vi las caras de ellos que no conocían la cumbia y que nunca vieron cómo se baila, me di cuenta que esto no es joda. Es nuestro. Tan nuestro como el baile de ellos que tanto respetamos. Una de las cosas que más viene a mi cabeza en el viaje tiene que ver con esto. ¿Cómo nos vemos nosotros desde afuera? ¿Cómo nos ven los otros? Nosotros los vemos a ellos, a quiénes sea que tengamos enfrente nuestro y nos sorprendemos, los admiramos, estamos felices de conocerlos. Y a ellos les pasa igual. Se sorprenden, con esto que somos que para nosotros es tan normal. Esto es magia. Este encuentro es magia.

Mey Clerici

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MATES VIETNAMITAS

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Una de los objetivos más importantes de Pequeños Grandes Mundos, es compartir. Compartir un rato dibujando, compartir una charla, una comida… lo que sea. Casi siempre con chicos, obvio, pero también con cada persona con que nos cruzamos. Y en este viaje, pintó mucho el acercamiento con los viejitos. A ellas las conocimos en el increíble mercado de Bac Ha, Vietnam.

Les ofrecimos unos mates y al instante se coparon. Después nos convidaron una bebida voltea caballos, a base de arroz fermentado, que era casi como tomar alcohol puro. Un poco fuerte para las 6 de la mañana, pero bueno, nos la bancamos estóicamente. Después de todo, lo lindo era estar ahí a las risas con ellas, sintiéndonos cerca y disfrutando del encuentro.

 

 

TE CONOZCO MASCARITA

Hace rato queríamos hacerlo y bueno, un día finalmente nos pusimos las pilas: compramos sobres de papel madera, acrílicos y unas cuantas cajas de pasteles. Caímos al aula chochos, como Tai con hueso nuevo y les pedimos a los chicos que cerraran los ojos para darles la sorpresa, ya que nosotros mismos habíamos hecho el ejercicio la noche anterior. Pegaron unos gritos que no me olvido más. Me copa mucho cuando pasa eso y abren los ojos grandes como el diario La Nación.
Creo que ponerse una máscara es jugar un poco a ser otro, pero a la vez, la consigna era hacer un autoretrato, con lo cual, la mirada de cada uno sobre si mismo, estaba de algún modo ahí, a la vista de todos. La pasamos muy genial. Nos morimos de risa y jugamos un montón. Tailandia nos trata de maravilla y yo soy muy feliz haciendo  junto a la persona más linda que habita el planeta tierra y alrededores.