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La celebración

A partir de ahora, y creo por mucho tiempo, en mi diccionario interno “ivanke-castellano / castellano – ivanke, la palabra “celebración”, será sinónimo de Copacabana. El azar jugó de mi lado, ya que tuve la fortuna de llegar aquí, a orillas del lago Titikaka, justo un día antes de la fiesta que se realiza en honor al Santo de Colquepata. Como cada 3 de mayo, miles de personas llegan desde La Paz, Coroico y otros rincones de Bolivia, para mostrar su devoción al santo. Para agradecerle y por supuesto, para renovar sus pedidos para el nuevo año. La cita, como no podría ser de otra manera, era en la plaza principal, allí donde se eleva la imponente iglesia que hace más de 500 años, construyeron los españoles tras la conquista. Aquí, como en casi toda Latinoamérica, abrazaron como propia, la religión de sus aniquiladores, en una suerte de “Síndrome de Estocolmo gigantesco. De todos modos, es valioso como hay algo que ningún conquistador, puede extirpar del todo, algo que trasciende cualquier matanza, literal y cultural. Algo que se cuela por entre ese nuevo paradigma. Aquí se expresa, por ejemplo en la lengua aymara, que aún cinco siglos después, sigue siendo el modo en que las madres acunan a sus hijos.

También es aymará la música que me llega desde una conversación entre dos cholas que parecen más viejas que el viento. La religión no está excenta, es rico el sincretismo que se produjo en muchísimos pueblos, donde los ritos cristianos se han mezclado con la cultura afro, aymara, kechua, etc, dando origen a peregrinaciones y celebraciones increíbles, donde pueden verse cristos gigantes hechos de maíz de los más diversas colores y rodeados de bandas de sikuris, como me tocó ver en Tilcara con la Virgen de Cabracorral, o ritmos bolivianos, baile, descomunales disfraces, cerveza y comida de todos los colores, como aquí en Copacabana. Desde la mañana hasta la noche, infinidad de grupos desfilan alrededor de la plaza para luego subir a sólo unas cuadras, hasta la mismísima capilla de Colquepata, Allí continúa la fiesta hasta bien entrada la noche. Miles de personas siguen bailando, se abrazan, se emborrachan de alegría. Brindan por estar juntos y orgullosos de su cultura, dan rienda suelta a su alegría. Las cholas ríen y me invitan a beber con ellas. Los hombres me abrazan y arriesgan resultados de Argentina en el mundial, me preguntan por Messi, por Cristina.

¿No es cierto que merecemos una salida al mar?

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repiten buscando una complicidad que pareciera entibiarles alguito su viejo despojo.

Hay también, algo doloroso, muchos me comentan lo discriminados, lo explotados, que se han sentido tantas veces en Buenos Aires. Ellos mismos en algún momento, o actualmente familiares y amigos, habitan la Villa 31, la 11 -14, los alrededores de la cancha de Vélez, o donde sea.

“No somos bolitas, somos bolivianos y esta es nuestra rica cultura, esta es nuestra alegría y nuestros bailes”

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No importa, repiten una tras otro, tu acá eres bienvenido, todos son bienvenidos, aquí estás como en casa, todos somos hermanos. Y entonces me daban de su cerveza, me hacían regalos, me daban comida de su olla. Me abrazaban, me pedían de sacarse una foto conmigo, me recomendaban no perderme el Carnaval de Oruro y otras maravillas de su país… La fiesta parecía interminable, al otro día bien temprano, ya sonaban las trompetas y los bombos, las cholas volvían a agitar sus matracas y sus coloridos vestidos ensanchaban el círculo cromático hasta el infinito. Otra vez, bajo los rayos del sol y con una vista imponente, me encontré celebrando con todos ellos. En definitiva, me hacían sentir parte. Me enseñaban cuan importante es estar orgulloso de las propias raíces. Me enseñaban como el amor puede ser mucho más fuerte que el rencor. Allí, como durante todo ese mes, aprendí que increíble país es Bolivia.

Primer mes de viaje

Pequeños Grandes Mundos cumplió su primer mes de viaje.
Todo lo que me imaginaba… es poco.
Gracias x hacer el awante desde cada rincón.
Abrazo gigante y a seguir aprendiendo!

Pequeños grande mundos viaje Bolivia

ivanke